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Inicio » Volumen I » 5. Testimonios » Milagros eta Begoña Elias Olazabal

Milagro y Begoña Elias Olazabal nacieron en Azpeitia, el 17 de mayo de 1949. Eran hijas de Paco Elias Unanue y Juliana Olazabal Aranguren, ambos azpeitiarras. El padre tenía otros tres hermanos y los cuatro combatieron en la guerra, dos en cada bando.

Pasaron situaciones difíciles, ya que los hermanos estaban separados en los dos bandos.

Decía que sacaban a los presos a una hora concreta para fusilarlos, y que lo llamaron en más de una ocasión, para que sufriera.

 

Vuestro padre tenía tres hermanos, y los cuatro anduvieron en la guerra, dos en un bando y los otros dos en el contrario. ¿Qué sabéis acerca de su trayectoria en la guerra?

Saturnino y Manuel Elias Unanue «Pottin» eran requetés. Manuel murió en el frente, en Lemoa. Y Saturnino era teniente de los requetés. Y al otro lado estaban José Maria Elias Unanue, el cual luchó en el batallón de Loyola, y después estuvo en Cádiz, en un batallón de trabajadores. Y nuestro padre, Francisco, que se marchó del pueblo. Pasaron situaciones difíciles, ya que los hermanos estaban separados en los dos bandos. Como hemos dicho Manuel murió, pero los otros hermanos mantuvieron buena relación después de aquello.

Entonces vuestro padre se marchó del pueblo. ¿Qué sucedió con él?

Se marchó a Bizkaia, y vivió en primera persona el bombardeo de Gernika. Nuestro padre contaba que estuvo en Gernika con «Potxolo», el que vendía periódicos en Azpeitia, y que cuando oyeron las sirenas del bombardeo mi padre entró a un refugio, pero que «Potxolo» se fue hacia la estación. Mi padre oyó un gran estruendo mientras estaba en el refugio, y cuando salió vio que a «Potxolo» le faltaba un brazo.

De Gernika se fue a Bilbao, y allí cayó preso.

Le detuvieron en Bilbao y estuvo en Los Escolapios durante un año. Nuestro padre era tapicero, y mientras se encontraba preso un funcionario le pidió que le hiciera unos trabajos de casa. Le trajo para tapizar unas telas que había robado de una iglesia, y le hizo el trabajo, pero se guardó un trozo de tela. Desde la iglesia denunciaron al funcionario, y en el juicio utilizaron ese trozo de tela como prueba. En consecuencia encarcelaron al funcionario. Mucha gente se alegró de aquel suceso, ya que no tenía buena fama.

De Los Escolapios regresó a casa. ¿Cómo fue la llegada?

Para entonces ya estaba casado y había formado familia. Él siempre contaba que al entrar en un bar uno le dijo: «¿Has vuelto? Te enviaremos pronto a la cárcel otra vez». Y al poco tiempo lo denunciaron. Utilizaron una foto de una despedida como prueba, y le denunciaron por «borracho, matón e indeseable».

Y de nuevo a la cárcel, además con pena de muerte.

Esta vez lo llevaron a Donostia, a la cárcel de Ondarreta. Allí le condenaron a pena de muerte. Nuestro padre decía que allí también se encontraba otro de Azpeitia, al que le llamaban «Beltza», y que a ese lo fusilaron. Aquel también estaba allí por una denuncia, no por ningún tema político. Decía que sacaban a los presos a una hora concreta para fusilarlos, y que lo llamaron en más de una ocasión, para que sufriera. Tenía una hermana que era monja, y ésta le escribió al médico militar de Ondarreta, un tal Cárdenas. Le contó que su hermano estaba condenado a pena de muerte. El médico le preguntó si tenía algún delito de sangre, y al responderle que no le dijo que la ayudaría. Le conmutaron la pena de muerte y consiguió la libertad al cabo de un año.

¿Cómo fue el regreso esta vez?

No fue fácil. Algunas veces le echaban del bar. Era duro, ellos eran los que mandaban en el pueblo. Cuando murió José Antonio Agirre, le quitaron el pasaporte para que no pudiera acudir al funeral.

¿Os contaban vuestro padre o tíos algo relacionados con lo vivido en la guerra?

Sí. Recuerdo que una vez Iñaki Goikoetxea, un jesuita que estuvo en Loiola, vino a nuestra casa. Su padre estuvo con el nuestro en Los Escolapios. Iñaki le decía que no nos contara nada de la guerra, porque éramos jóvenes, pero nuestro padre nos contaba todo. Nos hablaba sobre todo acerca del bombardeo de Gernika, lo pasó mal. Nos contaba también que en la cárcel de Ondarreta había mucha humedad, porque se encontraba al lado de la playa. El tío José Mari nos contaba que cuando estuvo en Cádiz en el batallón de trabajadores anduvo construyendo carreteras.

Vuestro padre os enseñó también una canción que cantaban en la cárcel de Ondarreta.

La cantaban en todas las comidas: «Estamos en Ondarreta por ser muy nacionalistas, y gritamos con orgullo que somos separatistas. Nuestro lema es 'jaungoikoa', la doctrina 'lege zaharra'». Y luego se ponían de pie y cantaban: «Y gritamos con arrogancia, gora Euskadi askatuta!».